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Publicado en enero 2015 |

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Emilio Storytelling

Para mis nietos Adriana y Lewis Eduardo.

Cuando tenía diez años, mis padres tuvieron que emigrar a aquel lugar de la costa sur de Ecuador, nuestro país. Aunque tenían que dejar por tiempo indefinido a su querida y reseca Loja, la actividad bananera, camaronera y aurífera de esa región los había tentado a probar suerte. Ya instalados en aquel barrio de la ciudad de Machala, cerca de una escuela, los amigables vecinos nos ayudaron a integrarnos en su comunidad. Yo tenía amigos con quienes jugábamos a la pelota,  íbamos al río o a los esteros de mar. Fue en uno de esos paseos que nos acompañó Don Emilio, quien iba a bañarse al río porque en la ciudad había escasez de agua.

Tenía algo más de sesenta años, una esposa y ningún hijo; él era nuestro mejor vecino. Se preocupaba por nosotros. Además, llevaba los rechazos de banano, arroz, y otras cosas cultivadas en su finca para repartirlo entre los pobres y en las escuelas. Todos lo queríamos por eso y por su especial forma de ser: tenía alma de niño alocado, nos enseñaba a nadar, a andar en bicicleta y nos cuidaba… aunque lo hacía de aquella manera tan suya: de un solo empujón.

Un día en La Primavera, una playa del río Jubones, lo vimos lavándose las manos y fue esa la última vez que supimos de él. Cuando quisimos regresar,  en su lugar solamente  encontramos su bolso perfectamente ordenado, lleno de pastillas de jabón y toallas relucientes. Se nos acercó una señora de un poblado cercano y dijo que nos fuéramos porque había un lagarto cebado. Corrimos llorando y gritando por aquel camino que nos llevaba directamente a nuestro barrio y contamos lo ocurrido: que Don Emilio había desaparecido y que tal vez un lagarto se lo había tragado. La ciudad entera fue al río: las autoridades, la policía, hombres y mujeres de todas las edades, especialmente niños y niñas,  sus amigos. Buscamos por mucho tiempo y hallamos solamente al lagarto, que era hembra y descansaba en su nido hecho con jirones de ropa del desaparecido. Se terminó la búsqueda, lo dieron por muerto.

Esa noche no pude dormir. Estuve recordando a Don Emilio y mi cabeza estaba llena de imágenes e historias, como la de aquella vez afuera de su casa, cuando se miró las manos y, según él, estaban inmundas. Se las había lavado algunas veces con abundante agua y jabón, sin embargo, repitió la operación unas tantas más y cerró la muy usada llave del agua  —que antes había sido cuidadosamente lavada—  sólo con las puntas de tres dedos de su mano derecha.

Ese era un ritual que yo había visto muchas veces. Igual atención, aunque menos tiempo, le dedicaba al secado de las manos, que luego frotaba con abundante alcohol. Eso lo obligaba a no tocar nada que él considerara sucio, es decir, todo lo que lo rodeaba o que él no hubiera limpiado escrupulosamente.

Esa mañana,  al salir de casa rumbo al trabajo se encontró con uno de sus tantos conocidos, quien muy efusivamente estrechó su mano y con un gran  abrazo le demostró todo el aprecio que le tenía. Correspondió de igual manera, pero cuando quedó solo al pie de la puerta le oí gritar:

-¡¡¡Pillyyyyyyyyyyyy!!!

Ese era el apodo que me había dado por pillín. Corrí a abrir el portón y lo encontré con los codos doblados y alzando sus manos, como siempre que las sentía sucias. Cuando eso ocurría se  negaba a entrar a la casa; había que asistirlo porque entraba en pánico. Don Emilio enloquecía y se creía fuente de la más grande contaminación  mientras en una llave del patio volvía a lavarse por horas.,   Yo  —un tanto conmovido y también hastiado— permanecía junto a él para abrir y cerrar la puerta; igual cosa con la llave del agua,  sosteniendo o dándole mil veces el jabón y finalmente la toalla.

Sin atreverme a decir palabra, lo observaba bajo la luz del sol  y podía ver bien su traje nuevo de casimir color gris desteñido. Él siempre usaba trajes arrugados, con bordes retorcidos que dejaban ver los colgajos de los tornasolados forros de sus sacos. En el patio de su casa ponía a hervir toda su ropa en una gran olla con agua colocada  sobre leña encendida; ahí había sumergido ese fin de semana el traje recién comprado y otras prendas de vestir, ya lavadas. Así, a pesar de ser un hombre distinguido no le quedaba nada que pudiera lucir bien, y menos con el rociado con alcohol que compraba todas las semanas por galones, lo que le aseguraba la perfecta limpieza de todo lo que quería desinfectar. Ya sus limpísimas manos habían adquirido un color blanquecino, como empolvado por algún talco, no sé si por resequedad de la piel, efecto del exceso de jabón, del alcohol o de los dos juntos. Es así como lo recuerdo, con su obstinada lucha contra los microbios.

Don Emilio sabía toda clase de historias, reales y fantásticas y a todos nos gustaba oírlas. A mí especialmente me gustaban las de fantasía, porque contándolas se transformaba: los ademanes y sonidos fluían por todo su cuerpo, encarnando  a todos aquellos personajes de leyendas y cuentos improvisados por  él en las oscuras y calurosas noches de mi niñez. También eran muy solicitados los cuentos de terror, que basados en historias reales se convertían en escalofriantes e inolvidables narraciones que nos causaban pánico, especialmente cuando era de noche y lo contado le “había ocurrido” a personas y  lugares cercanos a nosotros. Muchas veces lo recuerdo cuando cansado de contar tantas historias desaparecía con cualquier pretexto y regresaba despacito a asustarnos con una calavera, que usualmente en aquella época se utilizaba en las casas para espantar a los intrusos. Con eso lograba que todos huyéramos a nuestras respectivas casas.

Después de su muerte, muchas veces me parecía oírlo. Esta vez era de noche y me estaba llamando clara y largamente, con aquel silbido que él me creó:

-Piiiiiiiiiiiiillylliiiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnnnnnnnnn.

Un escalofrío recorrió mi espalda hasta los pies, pero salí… y lo vi, era él. Había venido a contarme su propia y nueva historia: alzó sus brazos, y yo perplejo descubrí que no tenía manos. Me dijo que estuviésemos tranquilos, que estaba feliz sin el motivo de su obsesión.

cecilia 01Cecilia Manzo Rodas (Machala 1958). Doctora en Química con estudios en Género y Desarrollo. Se ha desempeñado en trabajos de investigación y apoyo dentro del área social. Actualmente incursiona en la escritura. Ha difundido en digital su primer libro de cuentos Cincuenta y tantas Lunas y pronto a publicarse el libro en prosa poética La Jaula del Amor.

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Puede encontrar información sobre cómo reusar o volver a publicar esta obra en http://www.entremaresmagazine.com/condiciones-de-uso/.



5 respuestas a Emilio Storytelling

  1. Alex Manzo says:

    Me encantó!

  2. Mercedes (Meme) Serrano says:

    Qué lindo libro,me gusto mucho.

  3. Alfonso Piedra says:

    Que recuerdos de este personaje, esta muy bonito esperaremos el siguiente

  4. Gina Zambrano says:

    Bonita historia,

  5. Blanca Dìaz says:

    Què bien ¡¡ Excelente , interesante, bien narrado. Muy bueno. espero el siguiente.

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