Ensayo Indice de desarrollo humano

Publicado en mayo 2014 |

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Por un Índice de Desarrollo Humano con sentido humano


Una mirada a un indicador que va más allá de lo económico y que, por ende, puede ser la forma más adecuada de representar y diagnosticar fielmente la calidad de vida de las personas.

NOTA DEL EDITOR: Cuando el mundo se debate en encontrar maneras de solucionar los problemas de desempleo de la fuerza laboral como herramienta fundamental para mejorar la calidad de vida, Entremares Magazine presenta este ensayo de Miguel Ángel Guerrero Ramos, sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia, que pone de relieve dos fallas que a su juicio tiene el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU): “el poco alcance de las dimensiones que se valoran en el IDH y la de considerar erróneamente la sociedad como algo homogéneo”.

Para el autor el empleo es una dimensión que no contempla la ONU en su IDH y es allí ” en donde se encuentran hoy por hoy en su máxima expresión los temas de la desigualdad, la inclusión y la exclusión social”.

Para una publicación que, como Entremares, tiene su punto de partida en el desplazamiento, es importante mostrar el enfoque de Guerrero Ramos, ya que, a fin de cuentas, las fallas estructurales en los países relacionadas con la calidad de vida y con el pleno ejercicio de las libertades (que son elementos que subyacen en el IDH) se constituyen en los principales generadores de los movimientos migratorios, desplazamiento y desubicación que, de alguna manera, son caldo de cultivo en el que nace el material presentado en esta plataforma.

por Miguel Ángel Guerrero Ramos

Desde la década de los noventa la Organización de las Naciones Unidas (ONU) utiliza un indicador de desarrollo basado en los trabajos del Premio Nobel de Economía, Amartya Sen. Se trata del Índice de Desarrollo Humano (IDH), un indicador que busca medir el bienestar de las personas teniendo en cuenta factores como la educación, el acceso a los recursos y la expectativa de vida. Es decir, un indicador que no sólo se concentra en el ingreso mensual de las personas o en su capacidad adquisitiva, sino también en el modo de vida que en realidad las personas llevan en la práctica. Quiere decir esto que dicho indicador se aleja de un enfoque economicista del desarrollo y pone su mirada en el pleno ejercicio de las libertades y, en general, en todo aquello que bien podríamos entender como “la calidad de vida”.

“El Índice de Desarrollo Humano, tal y como lo ha venido manejando la ONU, es un indicador en el que la preocupación se centra o bien en las personas o bien en la sociedad en su conjunto, dejando por fuera el hecho de que la sociedad actual no es homogénea y que, por ende, también se puede hablar del bienestar de grupos sociales humanos diferenciados”.

Ahora bien, entender el desarrollo desde su perspectiva más humana, y no sólo desde una perspectiva economicista, es sin duda uno de los mayores avances teóricos de la historia. Puede ser también el avance más significativo para el bienestar de la humanidad. No obstante, la manera en la ONU ha venido empleando dicho indicador en la comprensión de la realidad social, bien podría suscitar un gran cúmulo de críticas y revisiones conceptuales. Entre dichas críticas se puede mencionar, a manera de ejemplo, el acento que se le pone al bienestar individual como componente de un todo social aparentemente homogéneo. Es decir, el IDH, tal y como lo ha venido manejando la ONU, es un indicador en el que la preocupación se centra o bien en las personas o bien en la sociedad en su conjunto, dejando por fuera el hecho de que la sociedad actual no es homogénea y que, por ende, también se puede hablar del bienestar de grupos sociales humanos diferenciados. Casi que la única diferenciación social sobre la cual se trabaja en el IDH, o al menos la más predominante, es la que tiene que ver con la medición de dicho indicador en los distintos países. Una forma de medición que oculta la verdadera heterogeneidad de las actuales sociedades. Además de ello, también se puede criticar el poco alcance de las tres dimensiones que se valoran en el IDH.

Estas dos críticas, o más bien estas dos ideas, es decir, la del poco alcance de las dimensiones que se valoran en el IDH y la de considerar erróneamente la sociedad como algo homogéneo en el aspecto conceptual, se desarrollarán un poco más a fondo en las siguientes líneas. Esto, cabe decir, con el fin de destacar la importancia de la dimensión laboral y ocupacional en el pleno desarrollo del bienestar humano y en el pleno ejercicio de las libertades. Una dimensión ampliamente ignorada en el IDH y en donde se hace en gran parte evidente la heterogeneidad de las actuales sociedades.

Dimensión laboral y ocupacional humana

Lo que persigue la ONU a través del indicador llamado IDH, o del indicador llamado Índice de Pobreza Multidimensional, es mejorar la calidad de vida de las personas. De esta manera, se entiende que un buen lugar de vivienda, por ejemplo, es aquella en la que no exista hacinamiento, que sea digna y posea servicios básicos funcionando de forma adecuada. Ello, sumado a buena alimentación y a oportunidades de educación que les permitan adquirir a las personas ciertas “capacidades” para desenvolverse laboralmente, constituye lo que es un óptimo nivel o calidad de vida. Al menos, por supuesto, en la forma de comprender la realidad social que posee desde hace unas dos décadas la ONU.

Hay que aclarar, antes de seguir adelante, que no es mi intención decir que la ONU ha descuidado lo social, o que el IDH no lo contemple en lo absoluto. Lo que pretendo decir en el presente texto es que al IDH aún le falta bastante análisis en el terreno de lo social y más aún en el relacional entre grupos humanos. Aun así, hay que reconocer ciertos logros. Hay que reconocer que desde el informe de 2009, la ONU ha venido privilegiando una mirada no economicista del desarrollo, no desde un abstracto concepto de bienestar o libertad, sino desde las prácticas sociales mismas.

El Informe 2009 se centra en el análisis de las prácticas sociales, las que son definidas como modos de actuar y de relacionarse en espacios concretos de acción, articulando las orientaciones y normas de la sociedad, instituciones y organizaciones con las motivaciones y aspiraciones particulares de los individuos (PNUD, 2009). En el modo en que se despliegan las prácticas sociales inciden, por tanto, las fuerzas que pueden complementarse o colisionar entre sí: las instituciones (conjunto de normas formales que definen lo que se debe o no hacer en un espacio de prácticas), la subjetividad (conjunto de aspiraciones, expectativas, motivaciones con las que cada actor encara una práctica específica) y el conocimiento práctico (mapas que guían los cursos de acción individuales) (González, S: 2010, p. 33).

El IDH abarca tres dimensiones. Según el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo): “El desarrollo humano es un proceso en el cual se amplían las oportunidades del ser humano”, en pos de disfrutar de una vida prolongada y saludable, adquirir conocimientos y tener acceso a los recursos necesarios para lograr un nivel de vida decente (Romero: 2009). Esas son las tres dimensiones u oportunidades esenciales, las cuales no dejan de estar respaldadas por otros enfoques complementarios como el de derechos humanos.

No obstante, hay que decir que una visión desde las prácticas sociales sigue siendo poco relacional y aun cuando salva el escollo de que el IDH no centre su atención en las formas simbólicas de los distintos grupos humanos, un terreno en el que aún falta bastante por hacer, el verdadero problema de lo relacional es aún más intrincado. El verdadero problema, más allá de un enfoque que contemple las prácticas culturales, es que, además de un enfoque social lo más adecuado posible, el IDH todavía requiere, a mi modo de ver, siquiera de una dimensión más.

Sin embargo, considero que …” la igualdad de condiciones para los distintos tipos de oficios y profesiones y un buen entorno de oportunidades laborales adecuadas para quienes recién están ingresando en el ámbito laboral”, mencionada por el PNUD, es una dimensión de vital importancia, o por lo menos tan esencial como las anteriormente mencionadas. Es decir, el no ser rechazado por estratificación social o por carecer de experiencia en un campo determinado, e incluso por carecer de un título de especialización o doctorado al momento de ingresar o desenvolverse en el campo laboral, ayuda significativamente al bienestar en general y a desaparecer la pobreza. Dicha dimensión podría entenderse como la dimensión empleo.

El empleo, en este marco de ideas, es una dimensión de gran importancia para entender el desarrollo humano en un sistema asalariado, porque de él depende que se tenga una amplia expectativa de vida, los recursos necesarios para una vida feliz e incluso las oportunidades necesarias para manifestar la ciudadanía y ejercer una democracia participativa. Es, además, una dimensión en donde se encuentran hoy por hoy en su máxima expresión los temas de la desigualdad, la inclusión y la exclusión social, debido a los focos de economía sumergida que existen a lo largo y ancho del mundo.

Sobre el tema de la inclusión social, la ONU la restringe a algunos cuantos aspectos. Se habla de inclusión, por ejemplo, en el plano de la educación pero no en el laboral. Dicha institución supranacional también habla de inclusión de género, de ahí que haya adoptado un indicador llamado Índice de Desarrollo Humano Relativo al Género. No obstante, a pesar de que es un gran avance el preocuparse por la inclusión, por ejemplo, de personas de avanzada edad o de sectores deprimidos de la sociedad en el ámbito educativo, o de las personas en contextos con exclusión de género o de las personas discapacitadas, también en el mismo ámbito, es decir, en el educativo, es necesario que la misma preocupación se lleve al campo laboral.

El desarrollo humano y la segmentación social

El problema es que aun con una excelente salud, con una buena educación y una vivienda digna, muchas veces no se puede adquirir un buen empleo, no por falta de vacantes sino por un rechazo, algunas veces más directo y explícito que otras, en un sistema con un alto grado de desigualdad. El asunto, visto de esta forma, es realmente preocupante.

Amartya Sen, uno de los grandes teóricos del desarrollo más allá de las perspectivas economicistas, entiende el concepto de desarrollo humano no sólo en cuanto a los factores que se necesitan para adquirir un mayor grado de bienestar, tales como el ingreso, la salud o los recursos, sino en el grado de libertad que se requiere para lograr los objetivos que una persona se fija en su vida (Chamorro, 2013). Hasta aquí, dicha idea concuerda con lo que se plantea de fondo en el presente artículo. El problema es que aun con una excelente salud, con una buena educación y una vivienda digna, muchas veces no se puede adquirir un buen empleo, no por falta de vacantes sino por un rechazo, algunas veces más directo y explícito que otras, en un sistema con un alto grado de desigualdad. El asunto, visto de esta forma, es realmente preocupante. Es preocupante, ya que en una sociedad monetaria como la nuestra, el carecer de un empleo o de ingresos fijos, no les permite a las personas poder conseguir, como bien cabe suponer, los distintos objetivos que ellas se han fijado en sus respectivos proyectos de vida. De ahí que dicho asunto, es decir, el asunto del empleo, no deje de estar íntimamente ligado al tema de la pobreza y el bienestar social.

Ahora bien, para ciertas personas inmersas de lleno en las actuales desventajas de la doctrina neoliberal que rige por estos tiempos el capitalismo, el poder hacerse con un empleo digno es un verdadero milagro. Ello es así, en gran parte, debido a que nuestras sociedades se hallan enormemente segmentadas y que aun con unos niveles adecuados de estudio se puede ser víctima de exclusión y con ello perder oportunidades laborales por pertenecer, por ejemplo, a un barrio o a una zona residencial con cierto grado de segregación a causa de la estratificación social. Es decir, a pesar de que una persona cuente con las tan mencionadas “oportunidades” de las tres dimensiones del IDH, a la hora de la verdad es muy probable que no se contrate a dicha persona si llega a formar parte de ciertos estereotipos. Y sin empleo, por más que no se le quiera dar una visión economicista al desarrollo humano, hay que aceptar que disminuye significativa y potencialmente la calidad de vida.

Pero las sociedades actuales, hay que decir, no solo están segmentadas por estratos socioeconómicos, sino por una gran cantidad de factores que muchas veces llevan a la exclusión, a la segregación y a nuevas formas de racismo. Es decir, muchas veces, a manera de ejemplo, no se examina siquiera la hoja de vida de ciertos postulantes a una vacante laboral. No se hace por el mero hecho de ser personas de diferente raza o grupo étnico o, incluso, por no simpatizar abiertamente con una determinada idea. Y aun cuando se habla y hay una gran preocupación por la incorporación laboral de las personas discapacitadas, hay que ver qué clase de empleos son los que se les están dando realmente a ellas.

De esa forma, cabe decir, se entiende el mundo actual de una forma bastante dicotómica. Se entiende que hay que sacar a las personas de la pobreza, y, al mismo tiempo, que los grandes empleos son para las personas con grandes influencias. Resultado de ello es que se crean contrageografías de la globalización o sectores de trabajo precario y deprimido en donde se facilita la explotación de las personas sin influencias

Considerado así el asunto, se podría decir que el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Pobreza Multidimensional del PNUD, e incluso la propuesta de Desarrollo a Escala Humana formulada por el Centro de Alternativa para el Desarrollo (CEPAUR), sirven no sólo para obtener ciertos resultados comparativos, sino para esconder factores sociales trasversales al problema de la pobreza. Dichos indicadores esconden, más que nada, en su entendimiento del desarrollo humano, y entre otros factores, el importantísimo campo de lo laboral. De esa forma, cabe decir, se entiende el mundo actual de una forma bastante dicotómica. Se entiende que hay que sacar a las personas de la pobreza, y, al mismo tiempo, que los grandes empleos son para las personas con grandes influencias. Resultado de ello es que se crean contrageografías de la globalización o sectores de trabajo precario y deprimido en donde se facilita la explotación de las personas sin influencias, como nos dice la socióloga estadounidense-holandesa Saskia Sassen (2003).

Basándome en lo anterior, bien podría atreverme a afirmar que uno de los objetivos del milenio debería ser el de lograr la plena incorporación laboral de las personas — una incorporación que se lleve a cabo de una forma lo más igualitaria posible, y según las capacidades adquiridas y los talentos de cada quien, más que por sobre el patrón de las influencias o los estereotipos sociales—. No obstante, podría decirse que la preocupación de la elite cualificada que maneja los altos cargos e incluso el terreno de la creación simbólica en nuestras actuales sociedades, es que eso traería luego una situación un tanto indeseada. La situación de que haya trabajos que nadie quiera realizar por ningún motivo, razón por la cual, por horrible que suene, al sistema parece convenirle mantener focos de desigualdad, exclusión y segregación.

Perspectiva más social e incluyente

Es un hecho que hoy en día los distintos autores y analistas de lo social que hablan del desarrollo humano, así como las instituciones que se encargan de dicho concepto, son totalmente conscientes de la complejidad que encierra su comprensión y medición. De esa forma se entiende que:

El desarrollo humano es un proceso multidimensional, que tiene como fin y medio el desarrollo de la libertad del ser humano para atender sus capacidades. Los acercamientos realizados en torno al concepto sobre desarrollo humano comulgan con la búsqueda de construcciones teóricas y metodológicas que rebasan la visión estrecha del desarrollo como crecimiento económico (Pérez Magaña y otros: 2010, p. 87).

Pero asimismo también es cierto que la naturaleza local del desarrollo humano requiere examinar dicho tipo de desarrollo en una circunscripción espacial concreta y con atribuciones de representatividad política (Pérez Magaña y otros: 2010). La propuesta del presente texto, en torno al desarrollo humano, por tanto, es, en primer lugar, la de tratar de incorporar la dimensión empleo a su comprensión y medición, la cual estaría constituida por cierto número de variables. Un número de variables clave cuya búsqueda, es preciso aclarar, escapa a los fines de estas breves y reflexivas líneas a un problema de tal envergadura y relevancia como el desarrollo humano.

Por otra parte, recordemos que el PNUD, define hoy al desarrollo humano en base a un concepto muy específico. Dicho concepto, a saber, es el que lo distingue como un “proceso de expansión de las capacidades de las personas que amplían sus opciones y oportunidades” (Wikipedia, Desarrollo humano). De ahí que la segunda propuesta del presente texto esté directamente dirigida a la ampliación de dicho concepto. Lo que quiero decir, es que asimismo sería importante entender en el desarrollo humano “el proceso de expansión del entorno social (es decir, no solo el de las personas) o de los distintos grupos humanos que amplían sus opciones y oportunidades”, como lo conceptúa el PNUD.

Desde mi punto de vista, el PNUD le confiere un enfoque individual al desarrollo humano, por lo cual también se podría pensar en añadirle lo que bien se podría llamar una “perspectiva de grupos diferenciados”. Esa no sería sino una perspectiva que se ocupe de las oportunidades que tienen los distintos grupos humanos para poder llevar a cabo el libre ejercicio de las capacidades adquiridas. Esto, bajo la premisa de que no todos los grupos humanos tienen las mismas oportunidades en una determinada sociedad, ya que en cada una, al menos hoy en día, existe un alto grado de segmentación social.

El IDH, por tanto, no sólo debe preocuparse por el bienestar subjetivo de las personas sino por el bienestar psicosocial y por la forma en la que nos relacionamos los unos con los otros

Se trataría de una perspectiva que reconozca no sólo el bienestar individual sino también el bienestar social de un grupo humano determinado en una sociedad específica. Una perspectiva que reconozca, por ejemplo, el bienestar de las personas de un barrio deprimido de una ciudad, a pesar o más allá de que sean profesionales y posean una vivienda con servicios básicos, pues por el mero hecho de vivir en aquel barrio pueden ser excluidos de oportunidades laborales e incluso de otros ámbitos de la vida social. El IDH, por tanto, no sólo debe preocuparse por el bienestar subjetivo de las personas sino por el bienestar psicosocial y por la forma en la que nos relacionamos los unos con los otros.

Es decir, hoy en día se entiende el desarrollo humano como libertad para lograr ciertos objetivos básicos y vitales, pero todavía hay que ponderar cómo se debe entender realmente el concepto de libertad, hasta dónde debe llegar y cuánto abarca

Para finalizar, cabe decir, en cuanto a algunos aspectos un tanto más técnicos, que este artículo no tuvo su énfasis en cómo se han de interpretar las variables o los indicadores, por ejemplo, a través del tiempo (el problema de no construir indicadores constantemente o el de cómo entender el desarrollo anual de un territorio en el que se emplean varios indicadores distintos y de forma aleatoria). El énfasis estuvo puesto en el indicador de desarrollo humano como realidad conceptual. Es decir, hoy en día se entiende el desarrollo humano como libertad para lograr ciertos objetivos básicos y vitales, pero todavía hay que ponderar cómo se debe entender realmente el concepto de libertad, hasta dónde debe llegar y cuánto abarca. Lo que quiero decir es que entender el IDH desde una perspectiva de grupos sociales, y no sólo desde el bienestar individual, amplía el marco conceptual del término y, con ello, la forma en la cual se entiende el desarrollo.
Si el entramado conceptual que existe tras un indicador a nivel global nos lleva a entender o no el desarrollo y el bienestar tácitamente de cierta forma, lo ideal sería que dicho indicador estuviera lo más completo posible. Y si no, lo ideal sería que dicho indicador estuviera acompañado por otros indicadores que, mediante una visión más amplia de lo humano, lo hagan lo más completo y abarcador posible.

Todo lo que atañe a lo humano y a su excesiva complejidad debe escapar a los reduccionismos. De la misma forma, todo fenómeno social debe ser pensado desde mil perspectivas distintas.

Conclusión

Dos fueron las propuestas fundamentales del presente artículo, una fue la de incluir la dimensión empleo en los análisis del IDH, y la otra la de observar no sólo la perspectiva individual sino la social que subyace tras el desarrollo humano. Es claro que no se le pueden agregar una gran cantidad de variables engorrosas a un indicador, o sobresaturarlo de ellas, pero sí se podría diseñar uno o varios índices de desarrollo humano complementarios, una suerte de índices A, B y C, que vistos en conjunto le agreguen al IDH actual la dimensión laboral humana para tratar de acabar o siquiera de menguar un poco las exclusiones que se presentan en dicho campo.

Se podría hablar incluso de un Desarrollo Humano y Emocional, que contemple la forma en la cual se sienten los distintos grupos humanos, por ejemplo, los hinchas de un determinado equipo de fútbol. Una tarea que debe realizarse de forma práctica, claro está, y sin demasiadas variables que puedan ser vistas como poco relevantes. Con esto podríamos acercarnos a una adecuada perspectiva de grupos diferenciados. Es decir, una perspectiva que reconozca no sólo el bienestar individual sino también el bienestar social de un grupo humano determinado en una sociedad específica.

Ahora bien, para finalizar, hay que aceptar que es un error el creer que un indicador o un gran número de indicadores puedan sintetizar el desarrollo referente a algo tan complejo y dinámico como lo es lo humano. No obstante, es de gran ayuda considerar el mayor número de variables de lo que comprende la vida cotidiana y, puede que más importante aún, considerar no un único indicador para entender siquiera un poco el bienestar de la especie humana, sino varios indicadores que se complementen unos a otros en lugar de excluirse o usarse estrictamente por separado.

Pero de poco sirven los indicadores, complementarios o no, si no se utilizan para que, de alguna forma, se pueda lograr de este un mundo mejor para todas las personas que en él viven.

Referencias bibliográficas

  • González, S., Campos, M., Cea, P. y Parada, C. (2010). Desarrollo humano, oportunidades y expansión de las subjetividades: Reflexiones a partir del informe de desarrollo humano (2009) en Chile. Psicoperspectivas, 9 (1), 29-58.
  • Pérez Magaña, Andrés, Macías López Antonio y Jiménez, Juan Morales. (2010). ANÁLISIS TEÓRICO Y METODOLÓGICO DEL DESARROLLO HUMANO: SU APLICACIÓN A LA ENTIDAD POBLANA Y LOS SISTEMAS DE RIEGO. Ra Ximhai, enero-abril, año/Vol. 6, Número. Universidad Autónoma Indígena de México. Mochicahui, El Fuerte, Sinaloa. pp. 87-103.
  • Romero, Alberto y Vera Colina, Mary. (2009). El proceso de globalización y los retos del desarrollo humano, Revista de Ciencias Sociales (RCS) Vol. XV, No. 3, Julio – Septiembre 2009, pp. 432 – 445. FACES – LUZ _ ISSN 1315-9518.
  • Sassen, Saskia. (2003). Contrageografías de la Globalización. Género y ciudadanía en los circuitos transfronterizos. Madrid: Traficantes de sueños. Capítulo 2: “Contrageografías de la globalización: la feminización de la supervivencia”.

Referencias estriadas de Internet:

Miguel Ángel GuerreroMiguel Ángel Guerrero Ramos es sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Ha trabajado como estudiante pasante en el Comité Departamental Para la Lucha Contra la Trata de Personas de la Gobernación de Cundinamarca y como docente preuniversitario. Como escritor, ha sido ganador de los Premios Limaclara de Ensayo 2013 y finalista en múltiples certámenes literarios internacionales en los géneros de cuento, poesía y palíndromos. Ha publicado novelas como Cuando el demonio ama, Al fondo de las pupilas del tiempo infinito, La secreta geometría de una hoja que cae y La mística fragancia de los sueños de amor. En poesía: Una mirada encalada en el pétalo de una flor y Algunos esbozos de cielo en el fondo de una copa. También ha publicado el libro de ensayos La inmediatez de las emociones al estar desnudas. Breves ensayos sobre género, historia, política y posmodernidad, el libro El mundo de hoy y los entornos virtuales.

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