Cuentos Dirt road

Publicado en agosto 2013 |

50

¿Querés que juguemos?

Un cuento del escritor argentino Sebastián Ocampo

por Sebastián Ocampo

El nono está sentado junto a la ventana sobre una silla de madera y paja. Contempla. Espera con el ceño fruncido. Tiene una gorra torcida llena de pelusas y un pañuelo al cuello. La luz le da en la cara, y esto lo obliga a tener los ojos entrecerrados, como si dormitara. Cuando aparece un auto al final de la calle mueve las piernas inquietas,  sus labios se mezclan, abre los ojos bien grandes, pero los autos pasan levantando polvareda. No son el auto que él espera. La nona se acerca y le pasa un mate. Mate amargo y caliente. Ella se queda parada a su lado, le apoya la mano en el hombro. Desde el patio se escucha una algarabía. Son los chicos.

El patio es grande, tiene un limonero, una planta de nísperos, decenas de plantas de aloe vera desparramadas, varios gatos. Los chicos se disputan una bicicleta azul a la que cada tanto se le sale la cadena. Son cinco. El más pequeño apenas tiene dos años; se come los mocos mientras juega con saliva y barro. Hay una chica. Ella se mantiene al margen de las escaramuzas varoniles y está sentada sobre el tapial. Mueve las piernas. Parece disfrutar de la brisa, del sol, del cielo celeste.

El chico mayor es morocho, casi negro, y es el que decide quién sube a la bicicleta y por cuánto tiempo. Después de todo la bicicleta es de él. Un aroma a café con leche viene de la cocina.  La nona se asoma al patio.

– Ya está la leche – grita.

Los chicos miran y salen corriendo para sentarse a la mesa. La chica pega un saltito y cae de pie desde el tapial; agarra al más pequeño, con la mano le limpia la cara terriblemente sucia.

La mesa tiene un plato con tostadas y un pote de manteca. La nona se acerca y le da una mamadera al más pequeño, después le da un beso al chico mayor y a la chica; a ellos dos les sirve una taza grande con café con leche. A los otros les da una taza más pequeña llena de té. La chica pone cara de disgusto, mira a su hermano que está al lado con la taza más pequeña. El chico tiene los ojos achinados,  la mira a ella,  mira el café con leche, como todos los días. Ella toma su taza y la cambia por la más pequeña de su hermano. La abuela está junto a la mesada, se da vuelta.

– No Julieta, no hagas eso, la más grande es para vos.

Terminan de tomar la leche y el chico mayor y la chica recogen las tazas para lavarlas junto a las cucharitas. Después guardan la manteca y las tostadas que sobran. La chica le pasa un trapo a la mesa. El chico barre y levanta las migas que han caído. Los otros chicos juegan en el piso. Tienen una pelota roja que se pasan el uno al otro. De repente, uno la arroja bruscamente y le da en la cara al otro y ya están trenzados a las trompadas en medio de la cocina. Aparece la nona. Empieza a gritar. El nono sigue sentado, inmutable, junto a la ventana. La nona agarra a uno de los chicos de los pelos y le da un cachetazo, al otro lo revolea contra un costado, también le da un buen sopapo. Los chicos lloran y la abuela grita. El chico mayor y la chica miran. El más pequeño se ha salvado de la paliza y sigue comiéndose los mocos sentado junto al sillón.

A los costados de la ruta, junto al alambrado, hay filas de eucaliptos. El sol está radiante. El rastrojero avanza sobre el asfalto caliente. Hecha humo al acelerarlo y deja una estela gris al pasar. En su interior van un hombre y una mujer. El hombre parece preocupado, molesto, como si le estuvieran retorciendo las tripas con una tenaza. La mujer va callada, con las manos apretadas entre las piernas. Mira hacia afuera por la ventanilla, el viento le despeina el cabello. Hace rato que están en silencio. Ella lo mira cada tanto, parece querer decirle algo, pero no lo hace. El hombre maneja con una mano, la otra está apoyada en el marco de la ventanilla con el codo afuera. Mira a lo lejos, hacia donde parece terminar la ruta, su mente parecería no estar en ese rastrojero.

– No tengo plata para la vuelta – dice.

La mujer lo mira.

– ¿Cómo?

– Que no tengo plata para la vuelta, para el gasoil.

Ella vuelve a mirar hacia afuera. Todavía tiene las manos apretadas entre

las piernas. No contesta nada. El hombre se estira con el brazo y saca un paquete de cigarrillos de la guantera. Enciende uno. Fuma. La cabina se llena de humo, es solo un momento, después el viento lo arranca de un tirón.

– Los chicos se van a poner contentos de verte  – dice ella.

– ¿A mí?

– Sí, a vos, hace casi un año que no te ven.

El hombre da una pitada profunda. Su boca se ensancha en una amplia

sonrisa. Después vuelve a ponerse serio.

– A vos también hace tiempo que no te ven- dice él.

– Pero no tanto como a vos, yo volví un par de veces a visitarlos.

La mujer saca un cigarrillo. Con los dedos le acomoda el tabaco de la punta, después lo enciende. Toce un poco a la primer pitada. Después fuma con placidez, tira el humo por la ventanilla.

– Que tu viejo no me rompa las pelotas – dice el hombre – Hablá vos

con él.

La mujer se queda pensando.

– Bueno, yo voy a hablar con él.

No hay mucho tráfico en la ruta. Apenas algunos autos que vienen en

dirección contraria, un camión para pasar cada tanto. Las nubes blancas se manchan con pájaros: son teros, algún pato.

El nono ve la polvareda levantarse en el camino, ve las luces encendidas del vehículo que se acerca lentamente. Son ellos. El rastrojero se detiene. El hombre tiene una cara de culo. La mujer está inquieta, se mira en el espejo y se arregla el cabello. El nono abre la puerta de la casa y se asoma, la mujer baja del rastrojero y corre con cierta ternura infantil. El hombre, con las cejas fruncidas y la frente arrugada, termina de cerrar la puerta del rastrojero.

– Papi, papi – grita la mujer.

El nono se saca la gorra, y sonríe, hace fuerza para sonreir, la abraza. No

dice nada. La nona tiene del brazo al chico de los ojos achinados, estaba por darle otro sopapo, lo suelta.

– ¡Nena!– exclama.

Los chicos abren los ojos como palanganas. El de los ojos achinados se

limpia las lágrimas. Están todos mudos. Petrificados. El mayor avanza, mamá, dice, entonces la abraza, todos los chicos se acercan y la abrazan. Ella los acaricia, se agacha y los besa. En la puerta está el padre. Ha saludado al nono con un seco “Hola, ¿qué tal?” después se ha quedado allí parado, casi sin atreverse a entrar.

– Saluden a papá – dice la madre con entusiasmo.

Los chicos lo miran. Vacilan. Otra vez el mayor avanza, lo hace con la mano

extendida, el padre lo agarra  y lo atrae y le da un abrazo fuerte. Los otros chicos corren y también lo abrazan.

La mujer pasa a la habitación de su madre. En la pared, sobre la cabecera de la cama, hay un rosario colgando, una imagen de Cristo, olor a encierro. La mujer se para frente al espejo y se mira, otra vez se acomoda el cabello. La nona se le acerca.

– Nena, era hora de que aparezcan – dice en voz baja.

– Mamá, Raúl consiguió un departamento – dice la mujer en un gesto de

alegría.

– Hace casi un año que se fueron – reclama la madre – los pibes no se

aguantan más, salvo Julieta y Martín, esos dos son buenos, pero los otros son unos sabandijas.

– Ay, mamá, vos nunca los quisiste a los otros, eso es lo que pasa.

– Los quiero a todos por igual.

La mujer sigue mirándose al espejo. Se observa un granito junto a la boca.

– El departamento es hermoso – dice – es pequeño, pero nos va a alcanzar para los siete, además tiene un balcón al que voy a llenar de plantas.

La madre la mira con atención. Se muerde los labios cada tanto.

– Entonces ya tienen dónde vivir… no me vas a hacer más esto, hijita

– No, mami, quedate tranquila, ya tenemos dónde vivir.

– Tu papá ya estaba preocupado, hace casi un año que te fuiste…

En la cocina el nono está sentado a la mesa. El padre también está sentado

a la mesa y fuma. No se miran. Mejor dicho el nono lo mira pero el padre no. El padre fuma y tira el humo para arriba como una lanza gris. Se escucha la radio, el volumen es bajo pero se escucha un tango. También los niños han vuelto a jugar y gritar y hacer barullo. El padre se pasa las manos por los ojos, como si se despojara de telarañas. El nono frunce la boca y después dice:

– Raúl, ¿consiguieron dónde vivir?

– Su hija le va a contar, pregúntele a ella – contesta el hombre y se pone a golpetear con los dedos sobre la mesa. – ¿Tiene vino? – pregunta después. El nono se pone de pie y va a la heladera, saca una botella de vino y un sifón de soda.

– Acá tenés.

El hombre se sirve un vaso de vino y comienza a beberlo.

– ¿No le vas a poner soda? – pregunta el nono.

El hombre lo mira y  sonríe con ironía y desprecio.

– Raúl, ¿vos seguís tomando?

– Mire, Esteban, no me rompa las pelotas – el hombre termina el vaso y

se para y sale al patio donde están los chicos. Los mira un rato, después hace un gesto con la mano para llamar al más grande. El chico se acerca. El hombre lo agarra del brazo.

– Papá no tiene plata para el gasoil, para volver a la ciudad. Voy a tener

que vender la bicicleta a algún vecino.

El chico frunce la boca, los ojos se le deforman y se le llenan de lágrimas. Con la cabeza dice que sí. El padre le sacude los pelos. El chico se aleja y se sienta en el tapial.

El cielo es una noche plena, lleno de estrellas y una luna redonda y blanca. La estela de humo del rastrojero se confunde con la oscuridad y apenas si se percibe el olor. Los chicos van en la parte de atrás. El viento los despeina y les hace fruncir la cara, como si estuvieran haciendo fuerza. La chica sostiene su pollera para que no se levante y mira la luna. En realidad todos miran la luna. Están contentos. Hacía tiempo que no estaban felices. Miran cada tanto hacia la cabina, allí están sus papás. Sienten una excitación grande que los recorre pero están callados. Apenas si hablan, apenas si cada tanto el mayor, el que es casi negro, señala algo como una vaca o un cerdo y todos miran.

La mujer parece haber perdido la  alegría que la inundó en la casa de los

padres. Otra vez ha puesto las manos entre las piernas. Está en silencio. El hombre lleva una caja de vino, maneja con una mano en el volante y con la otra bebe. Cada tanto se le chorrea un poco por la comisura y entonces se limpia con la manga de la camisa. La mujer enciende la radio. Canta Cacho Castaña. Mira al hombre y le dice:

– Raúl, ¿con qué vamos a vivir?

El refunfuña, toma un trago.

– Ya hablé con unos tipos, me van a dar laburo en una panadería.

– ¿Nos va a alcanzar?

El hombre se da vuelta y la mira con sorpresa socarrona.

– Si no alcanza trabajarás vos también.

– Yo tengo que cuidar a los chicos – dice ella.

– Ahhh, ahora los tenés que cuidar – dice el hombre – los dejaste un año

de tus viejos y ahora los tenés que cuidar.

A ella le tiemblan los labios.

– ¡No es lo mismo! – dice elevando la voz.

– Claro, no es lo mismo

– Además tendría que darte vergüenza, chupando cuando manejás.

Un auto pasa en sentido contrario con las luces altas, el hombre se siente encandilado y cierra los ojos y toca la bocina con furia. Los chicos se exaltan con los bocinazos y miran hacia la cabina. La madre los mira, finge una sonrisa y los saluda. Los chicos saludan.

A medida que entran en la ciudad, a medida que avanzan por las avenidas, la metrópoli brilla en todo su esplendor. Hay carteles luminosos, grandes vidrieras, mucha gente caminando, muchos autos. Apenas si se ve la luna, las estrellas. En la cabina el padre y la madre hace rato que están en silencio. El hombre está serio y ebrio, la mujer está acurrucada contra la puerta con la cabeza apoyada en el marco. Los chicos están enloquecidos. No dejan de gritar cuando pasan junto a un cartel luminoso o cuando ven un auto último modelo. Hacia adelante se ve una gran luz en el medio de la avenida. Hace rato que la chica viene prestando atención a eso. Se viene preguntando qué será y está muerta de curiosidad. En la cabina el hombre eructa, siente el sabor del vino subirle y bajarle por el esófago. La mujer abre la guantera y saca un cigarrillo. Lo enciende, le da una pitada y mira al hombre.

– ¿Querés una pitada?

– Dale.

Ella le pasa el cigarrillo y sonríe, se acerca para abrazarlo. Él también pasa su brazo alrededor del cuerpo de ella. En los ojos de ella se reflejan las luces de la ciudad, en los ojos de él también.

– Te quiero – le dice ella.

Las cuadras van quedando atrás. La luminosidad del medio de la avenida, a la cual la chica no le ha sacado el ojo de encima, va tomando forma. Es una fuente. Una fuente inmensa con luces a los costados que iluminan la escultura blanca de una  mujer que sostiene una cruz con las manos. La cruz es de metal, parece pesada, muy pesada, como si realmente la mujer estuviese haciendo un esfuerzo por sostenerla, como si la cruz fuese a desgarrarle los brazos y caer sobre la avenida. La chica la ve acercarse y le tiemblan las piernas, algo la estremece y la hace sonreír. Tiene ganas de bajarse y sentarse junto al agua y mirarla de cerca. Tiene la boca abierta, los ojos brillantes. Los chicos siguen gritando de emoción. La mujer sigue abrazada al hombre en la cabina, él tiene mucho sueño, siente que se le caen los ojos, pero ya falta poco para llegar. La chica se agacha y golpea el vidrio, quiere decirle al padre que se detenga. Golpea el vidrio con su pequeño puño. Vuelve a golpear, pero los padres no responden, entonces golpea más fuerte, golpea, golpea, golpea. El chico mayor le dice:

– Vas a romper el vidrio.

Ella se vuelve a parar, mira a la fuente y a la mujer de mármol que sostiene la cruz. La mira mientras va quedando atrás.

El departamento tiene dos habitaciones y un living comedor. Del techo

cuelga una lamparita encendida. El hombre dormita acostado en el piso, apoyado contra la pared. El suelo está lleno de servilletas de papel y vasos de plástico. Los chicos han comido unos panchos, han tomado jugo, ahora están todos acostados sobre unos cartones que la mujer ha extendido sobre el piso de la habitación.  Ella mira por la ventana, allá afuera puede verse la gran ciudad; está fumando un cigarrillo. Da la última pitada, corre el mosquitero, corre el vidrio y arroja la colilla, todavía encendida, más allá del balcón. Mira al hombre recostado contra la pared. El hombre tiene la cabeza caída sobre el pecho, los pelos revueltos, cada tanto emite un ronquido. La mujer eleva su brazo derecho y con el otro se saca la remera. De dos pataditas se saca las sandalias. Después abre su pantalón y lo hace deslizar hacia el suelo. Se acomoda la bombacha con el dedo. Va hasta la ventana, mira hacia afuera, después baja la persiana. Se acerca al hombre, se agacha junto a él, le da unos golpecitos en el hombro. Él apenas abre los ojos; la mira confundido.

– ¿Querés que juguemos?- dice ella sonriendo.

Sebastián Rogelio Ocampo

Sebastián Rogelio Ocampo por

nació en la ciudad de Rosario, en Santa Fe, Argentina, en agosto de 1977. Terminó la escuela secundaria en el Armand Hammer UWC en el año 1997 en New Mexico, Estados Unidos. Fue alumno del taller literario de Alma Maritano. Obtuvo premios en varios certámenes literarios. En la actualidad es médico residente de psiquiatría. Tiene dos libros publicados: ¿Querés que juguemos? (San Luis Libro, 2011), El verano más largo del mundo (Río Ancho Ediciones, 2013).

 



50 respuestas a ¿Querés que juguemos?

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