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Publicado en agosto 2013 |

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Cerezo en flor


“Me parecía una paradoja que se te hubiera acabado el amor justo ahora que la luz hacía todo más amable”.

por Hernán A. Burbano

El esquivo cielo desarropado permitía a la luz bañar los cuerpos de quienes por meses habían existido solo en gris, en medio de la depresión de la ausencia, en la esperanza plácida de un tiempo mejor. Los hombres de nieve se habían desecho en barro y mugre, en una agonía líquida que el sol ya había mandado al olvido en forma de vapor. Me acostumbré a verte siempre con tu gorro de borla azul, a descifrar el lenguaje de tus ojos verdes, a tomarte de la mano dentro de los bolsillos de mi chaqueta para así evitar que nuestros dedos alcanzaran el punto de congelación. La desnudez de los árboles permitía durante el invierno divisar el canal desde tu ventana, al final del parque vestido de blanco. El agua fluía cubierta por una nata de hielo que entonaba con el silencio, mientras patinábamos a lo largo del canal sin dejar de tocarnos. La oscuridad y la ausencia de hojas estuvieron matizadas por la dulzura de nuestras palabras, por el frenesí de los besos que rompían la ausencia, por las lágrimas que acompañaban nuestros adioses. La alameda paralela al canal tenía árboles anónimos, troncos sin hojas ni flores, promesas de un futuro que por incierto me llenaba de temor. Qué diferente se veía todo ahora pintado de colores: nuestras mochilas rojas, mi saco a rayas azules y lilas, los brotes de hojas cargadas de verde clorofila. El canal había desaparecido tras de los árboles y no podía divisarse más desde tu ventana. El agua corría de forma fluida, las chaquetas de invierno habían quedado en el olvido y la ausencia de pies fríos hacía de Neukölln un lugar más agradable donde existir.

En el invierno caminábamos a lo largo del canal en medio de confesiones recíprocas, observados por los vendedores de marihuana que impávidos resistían el viento y el frío. Siempre impuntuales, tratando de llevar a cabo tus miles de planes, amándonos con inocencia, sin pausa, con el desenfreno típico de la novedad y el misterio. Mientras el mercurio de los termómetros descansaba bajo cero nos prodigábamos besos eternos, guerra de lenguas, derroches de pasión y ternura. En la improvisada pista de baile de tu habitación movíamos nuestros cuerpos al ritmo del blues, sin dejar de vernos, sin dejar de besarnos. Afuera oscuridad, dentro de tu habitación penumbra. Afuera desconsuelo, dentro de tu habitación esperanza. Afuera el mundo con su canal congelado y sus árboles harapientos, dentro de tu habitación solo nosotros. Habíamos forrado fragmentos de las paredes con papel tapiz turquesa que cortaba el blanco de tu habitación y del invierno. Rodeado de blanco y turquesa me paraba en las puntas de los pies para seguir besándote al ritmo del blues, siempre oyendo sin parar la canción número dos: Tïu dropar (diez gotas).

Con el arribo del sol parecía que la gente se materializaba de repente en la calle y en el parque. A lo largo del canal el aire olía a flores, agua y carne asada. Antes de seguir el camino del agua jugamos ping-pong en el parque en medio de niños de todos los colores y de risas y llantos en turco y alemán. Quizás por miedo a pensar a largo plazo me había especializado en disfrutar de los pequeños momentos, y aunque la inminencia del final era avasalladora, sentía más felicidad que terror.

Durante los meses de frío peregriné a verte los fines de semana atravesando campos yertos por las siete horas de viaje que nos separaban. Al llegar a la estación tenía el corazón en éxtasis, tu cercanía llenaba mi vacío, el solo pensar en tus caricias le daba sentido al mundo congelado de Berlín. La primavera había vuelto a decorar el planeta con su paleta multicolor y su tormenta de polen. Me parecía una paradoja que se te hubiera acabado el amor justo ahora que la luz hacía todo más amable, mientras recorríamos la alameda guiados por la corriente del canal. Los árboles habían recuperado su identidad y se vestían con hojas, pájaros y flores. A lo largo de nuestro camino los cerezos en flor decoraban el paisaje con su explosión rosa. En la foto que te hice las flores contrastan con el negro de tu vestido y tus zapatos nuevos hacen juego con la primavera. Me encanta tu pose tímida con un pie delante del otro y tu sonrisa que parece decirme adiós.

En el invierno nos procuramos el uno al otro de ilusión y calor. Llenos de candidez creímos habernos encontrado. Convertimos a tu cama en el centro del mundo y yo convertí a tu imagen en el centro del mío. La primavera y nuestras intermitencias habían extendido entre nosotros ahora el frío que se sucede a la debacle y termina en el olvido. Debajo de las copas rosadas de los cerezos grupos de japoneses merendaban celebrando el Hanami, quizás sintiendo un poco de Japón entre los pétalos de los cerezos en flor. Me preguntaste cuánto tiempo creía yo que durarían los cerezos florecidos, no recuerdo que respondí, hubiera querido que para siempre.

Hernán A. Burbano

Hernán Burbano(Pasto, 1978). Genetista y escritor. Estudió medicina veterinaria y realizó una maestría en genética en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Realizó su trabajo de investigación doctoral en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, y obtuvo un doctorado en genética evolutiva en la Universidad de Leipzig. Ha sido autor principal y coautor de artículos científicos publicados en revistas como Science, eLife, Nature y Cell. Sus ensayos sobre filosofía de la ciencia han sido publicados en Ludus Vitalis e Historia Ciencias Saude – Manquinhos. Su primer libro, El confort de la cotidianidad, fue publicado por El Peregrino Ediciones dentro de la colección “Inmigrantes” en 2012. En la actualidad trabaja como investigador en el Instituto Max Planck de Biología del Desarrollo en Tübingen, Alemania, y prepara un nuevo proyecto literario.

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