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Publicado en diciembre 2012 |

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Visa humanitaria – Esta gente [cuentos]


Visa humanitaria

por María Fernanda Ampuero

Ella

Engafada, bamboleando la cartera, haciendo bulla con los tacos y arreglándose coqueta el peinado. Así llega. Así le han dicho que tiene que llegar.

Los tramitadores la tasan de una y ni se le acercan: esta es más chira que uno. Las medias se le han chorreado, lleva lodo pegado en los zapatos y el vestido, grande y pasado de moda, está mojado en las axilas.

—Justo hoy día este calor, diosito lindo.

La espera en la fila es de toda la mañana. A las 12 el sol cae rectito como una espada sobre Quito. Rebusca en la cartera y cuenta los centavos para un fresco.

Él

Demacrado, arrastrando los pies, con cara de estar a punto de desmayarse. Así llega. Así le han dicho que tiene que llegar.

Las enfermeras lo miran de arriba abajo. Tienen la sala de urgencias a reventar.

—¿Qué siente? ¿Le duele aquí? ¿Hace cuánto, dice?

Vuela en fiebre, cada vez que tose se le clavan mil espuelas en el pecho, ha botado sangre en los últimos días, pero no sabe explicarse, se siente cansadísimo.

—Vea, aquí, mil espuelas señorita.

Se desmaya.

Ella

Revisa sus papeles por décima vez. Cuando alguien sale de la oficina toda la fila se queda en silencio, expectante. Sale gente alegre y gente triste. La gente alegre suele estar mejor vestida. La gente triste parte el alma en dos.

Alisa las arrugas de su ropa, al disimulo limpia los zapatos con un pedacito de papel higiénico rosado que ha mojado con la lengua. Saca un espejo y se pinta otra vez los labios. Una mujer de la fila dice que no las están dando y el corazón le derrapa. Saca un rosario y empieza a pasar las bolitas con sus dedos ásperos de desgranar choclos.

Él

Es como el décimo médico que ha venido a verlo, un jovencito de cara redonda.

—Estoy muy mal, sino no me vendrían a ver tantos doctores.

—¿Jaime, no? ¿Qué edad tienes Jaime?

—Treinta y cuatro cumplo mañana.

—Ah, estás de cumple, muy bien. Mira Jaime, tengo que hacerte unos exámenes más, ¿sabes?

—Estoy mal, ¿no, doctor?

—Pues qué quieres que te diga Jaime, tengo que hacer unas pruebas, así a priori no lo sé, vamos, que es difícil…

El chico no lo mira a los ojos.

—Dígame nomás cuánto tiempo más o menos me queda.

El chico no responde. No parece haber estado muchas veces en esa situación.

Ella

La señora que tiene delante le cuenta: no ve a su hija desde hace seis años, la chica vive en Murcia, se casó con un español, ha tenido un bebé, quiere que vaya a cuidarlo para poder seguir trabajando, le ha mandado todos los papeles. La señora que tiene delante ya intentó irse el año pasado a ver a su guagüita y le negaron.

—A ver si ahora diosito me ayuda, dice la señora que tiene delante.

Ella le cuenta de su hijo, de su hijo del alma que se fue en el 2000. Buen hijo, buen amigo, bien trabajador, honrado.

—No toma, no fuma, no hace mal a nadie. Yo no sé por qué es que le pasan estas cosas a la gente buena.

La señora que tiene delante tampoco lo sabe.

Él

Ya le han dicho. Un cáncer de pulmón se lo está comiendo vivo.

—¿Por qué esperó tanto para venir?, le preguntan los médicos.

Él no tiene respuestas. O sí, pero no quiere darlas. Trabajo, dinero que mandar a Ecuador, que el jefe no da días libres, contrato temporal, pagar el piso, la comida.

Tiene miedo de morir solo.

Ella

Le han hablado de que hay una cosa que se llama visa humanitaria, que con eso capaz que sí, que la esperanza es lo último que se pierde. Que no las están dando, pero que la humanitaria capaz que sí. Ella se memoriza esa frase, la alterna con los rezos: padre nuestro que estás en los cielos, visa humanitaria no me desampares, santa maría madre de dios ruega por nosotros visa humanitaria a la hora y en la hora de nuestra muerte, amén.

Él

Qué bobo que soy, piensa.

Se despertó asustado pensando en que ahora sí, si llegaba otra vez tarde a la obra, a la puta calle, como dice el jefe. Un manazo en el pecho al tratar de levantarse le recordó que ni obra ni jefe ni nada. Cierra los ojos, respira despacito.

Ya ni suspirar puedo, qué huevada.

No sabe que está llorando hasta que siente mojadita la cara. Llega una enfermera.

Está pensando pobre tipo, mientras yo pienso qué guapa.

Mira a otro lado. Ya no volveré a hacerle el amor a una mujer. Una tos retroexcava en sus pulmones, siente que de un momento a otro los va a sacar por la boca. La enfermera le pone la mano en la frente.

—Ya, ya, tranquilo, venga.

Qué guapa es. Ya no volveré a hacerle el amor a nadie.

Ella

La señora que tiene delante sale mirando para abajo. Ella le pone la mano en el hombro cuando pasa a su lado. Siguiente, llaman. Siguiente. Y va, le da los papeles a una señora que pregunta cosas y ella responde a todo bajando la cabeza, mirando el pañuelo que ya es una tripita en sus manos. Jaime se llama su hijo. Jaime. La mujer mira los papeles, no sonríe. Le dijeron que diga la verdad, lo del hospital, lo del cáncer, todo. Le aconsejaron que diga que no quiere que su hijo muera sin agarrarle la mano, pero eso no lo dice.

Eso no lo puede decir.

Él

Será eso que respirábamos, ocho, nueve, diez horas metiéndonos en la nariz esa porquería, sin mascarilla porque al jefe le parecía de maricones la mascarilla.

—A ver la señorita que quiera mascarilla. El que es hombre trabaja a pelo, que nadie se muere de esto, ostias.

Todo eso piensa él en las largas horas esperando la muerte. Se aburre esperando la muerte y después se arrepiente y se dice que debería rezar o hacer algo importante, pero no estar como cojudo pensando en que se aburre si ya mismito se va a morir. Le viene el olor de la mierda esa con la que barnizaban, el polvillo que se le quedaba en la nariz. Se duerme, se despierta. Le da miedo que a ella le digan que no y morirse sin que le esté cogiendo la mano.

Ella

Ni siquiera puede gritar porque le han enseñado a aceptar todo en silencio. Ni siquiera grita o reclama o pide hablar con un superior. Dice gracias como le enseñaron y sale mirando para abajo. Escucha a alguien de la fila decir no las están dando, alguien le pone la mano en el hombro cuando pasa.

Se ha nublado.

Camina unas cuadras hasta donde puede coger el bus que va al sur.

Esta gente

por María Fernanda Ampuero

“Ayer en la televisión una patera se estrellaba contra la costa rocosa. Los siete cadáveres yacían como barcos varados (…) Hoy repitieron las imágenes, y también las reprodujeron algunos periódicos ¡qué horror! La locutora de televisión opina que el gobierno está dormido, y yo no sé muy bien qué hago aquí”.
Rachid Nini
Diario de un ilegal

—¡Esto no se veía en el barrio hasta que ha venido toda esta gente! —dijo la madre mirando con profundo desprecio cómo la policía registraba a unos adolescentes.

—No se veía —confirmó él—, putos moros.

Sintió un odio raro, casi físico, que le salía como del hígado. La agarró del brazo y caminaron más rápido hasta llegar a casa. En la corrala, la pareja de rumanos peleaba a gritos y del piso de enfrente escapaba un fuerte, inevitable olor a curry.

—Esta gente.

Huyó al bar asqueado. En el telediario, pateras. Ojos oscuros y desesperados. Un bebé muerto. Dos hombres graves. Subsaharianos.

—Estos son animales, venirse así y con un crío —dijo Juanma, el dueño del bar, vecino de Lavapiés, como él, de toda la vida.

Algunos senegaleses bajaron los ojos que antes tenían sostenidos en la pantalla. Temían, como todos los días, ver una cara conocida en TVE. El primo, la ex novia, el compañero de escuela. Ya había pasado que, al estar comiendo con la televisión puesta, escucharan el grito. Entonces correr a abrazar al desesperado, doblegar su furia, cubrirlo de brazos y consuelos o seguir comiendo con la mirada hundida en el plato.

—Animales —repitió él y otra vez el retortijón, la náusea, el hígado.

Miró a los senegaleses con una mirada que los escupía a ellos y a todos sus ancestros.

Salió a respirar aire puro. En la Plaza un grupo practicaba capoeira. Los tambores lo llenaban todo con un tamtam ancestral. Sonaban cánticos. Una niña dominicana con trenzas atadas con cintas de colores hacía castillos de arena con la arena de las obras del metro. Su madre cotorreaba con las amigas como un pavo feliz. Un par de ecuatorianos salían de la agencia de envíos en dirección al locutorio.

—Mamita, con lo que le mandé ya puede hacer poner el techo —diría el uno.

Y la otra:

—Mijito, si se porta bien, capaz que este año el Niño Dios le trae la bici… Yo también lo extraño mi amorcito lindo… Pronto… Sí, le prometo… No mi vida no llore, no ve que hace llorar a la mamita….

Las caras indígenas de los ecuatorianos le produjeron arcadas.

—¿Por qué no os quedáis en vuestros árboles sudacas asquerosos? Esta gente.

Se mareó. Tuvo que apoyarse para no caer. Una gasa negra cegaba sus ojos, por eso no pudo ver que la flamante leyenda “Todos con papeles” escrita con roja furia en la pared del bar de Juanma manchaba su camisa.

Volvió a casa agarrándose de las paredes, temblando. Le dijo a la madre que no se sentía bien. Ella dijo algo de las cañas. Se desnudó y se metió a la cama agarrándose el estómago. Así, en posición fetal, se quedó dormido.

Abrió un ojo y se encontró con un bulto casi sobre su cara que resultó ser una pierna, una pierna morena y llagada. Múltiples olores le revolvieron el estómago. Siguió alarmado la ruta de la pierna hasta encontrarse con el rostro de un hombre muy oscuro envuelto en saquillos vacíos. Luego vio a otro hombre, luego a otro y a otro más. Muy juntos, muy silenciosos. Retrocedió aterrorizado. Chocó contra otros que estaban detrás. Gritó.

—Pesadilla —pensó.

Pero era tan real, tan real. Un viento helado le cortaba la cara en trozos y descubrió con terror que la pestilencia salía de su propio cuerpo.

—Dios —rogó—, que despierte.

Abrió la boca para gritar y una palabra extraña brotó de su garganta. Los hombres lo miraban sin interés. Quiso que alguien le explicara dónde estaban, adónde iban, qué barco era ese, pero pensó que ellos no lo entenderían.

—Estos negros no me van a entender. Dios, que me despierte.

Desesperado, cogió a uno por los hombros y el pánico, como una tarántula de hielo, le recorrió la espina dorsal. Sus manos eran tan negras como el agua que los rodeaba, como el cielo, como las caras de todos. Era negra, negrísima, con la palma gorda color mantequilla. Aulló. El hombre lo apartó suavemente y lo miró con pena:

—Otro que se volvió loco.

Lloró un bebé. La jovencita que lo acunaba lo pasó al hombre que estaba a su lado y pudo ver la carita morada y el apagarse lento del llanto. El hombre trató de meter su dedo empapado en agua en la boca del pequeño, pero ya no tenía ni sed ni frío. El hombre lo envolvió con ternura y lo devolvió a la muchacha sin mirarla a los ojos.

La luz de la embarcación española Reina Sofía los encegueció a todos. Se lanzó sobre ellos como un perro que estuvo encerrado muchas horas y así como a un perro lo apartaron.

—No entienden. Yo no soy…. Soy madrileño. De Lavapiés. José Francisco García…. Amparo, 68, cuarto, primera puerta. Mi madre, ¡llamad a mi madre! ¡Español!… ¡Maldita sea, que soy español!”.

Pero la Guardia Civil Española no entendía esa lengua en la que él primero les imploraba, después los insultaba y al final les lloraba a gritos como un niño perdido. No le entendían porque su lengua no era el castellano, sino otra, enrulada como su pelo.

Un golpe seco en el estómago lo tumbó.

—-

Despertó en Casa de Campo. Una mujer policía lo despertó con rudeza. Que no se podía dormir allí. Salió desconcertado, dando tumbos como un borracho. Otro policía le pidió documentación.

—¿Sus papeles?

Lo miró aliviado, confiado, eufórico, lo llevaría a su casa en Amparo, 68 y la pesadilla acabaría.

—Era horrible. El bebé… Morado… Ilegales… El frío… No me entendían… Manos negras… Y yo no… Yo no…Español les decía…Que yo no…

—¿Papeles?

Al sacar su cartera encontró un pasaporte con las esquinas dobladas. Una estampita de la Virgen del Quinche cayó a los pies del policía. En letras doradas se leía Comunidad Andina, Ecuador.

La visa de turista había expirado varios meses atrás.

María Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero (Ecuador, 1976) es escritora y actualmente colabora con las revistas ecuatorianas Vistazo, Diners, SoHo, Fucsia y escribe en la revista digital Gkillcity. Además, ha publicado sus crónicas en las revistas Gatopardo (México), Internazionale (Italia), Yorokobu (España), Quimera (España) y Ling (España). En 2011 publicó el libro Lo que aprendí en la peluquería y forma parte de varias antologías de cuento como Todos los Juguetes (Quito, Ecuador, 2011), Historias de Hospital (Córdoba, Argentina, 2011) y Dios mío (Madrid, España, 2011). Su obra de teatro La Señora Lola, sobre la relación entre una anciana española y su cuidadora latinoamericana, ganó la beca ETC de la Sala Cuarta Pared y se llevó a las tablas en Madrid en 2009. Sus crónicas han recibido varios premios internacionales y en 2012 fue elegida una de los 100 latinos más influyentes de Madrid, ciudad en la que vive desde 2005.

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Puede encontrar información sobre cómo reusar o volver a publicar esta obra en http://www.entremaresmagazine.com/condiciones-de-uso/.



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